Juana Catalina Romero Engaña, o Juana Cata como muchas personas la conocían,
fue una mujer que nace en el mes de noviembre del año de 1837 en el Istmo de
Tehuantepec, Oaxaca. Una persona muy emblemática debido a uno de los mitos que
a pesar del paso de los años siguen girando alrededor de ella, entre los cuales se
encuentra su relación sentimental con el entonces presidente de la república Porfirio
Díaz, que si bien no hay documentación oficial que lo confirme, sigue siendo una
historia que se difunde como si de una novela romántica se tratara.
Se dice que durante la Guerra de Reforma entre 1857 y 1861, cuando las tropas
conservadoras perseguían a Porfirio Díaz para fusilarlo, él llegó herido al convento de
Santo Domingo Tehuantepec, lugar donde ella de niña se había dedicado a la venta
de cigarros a los soldados que esperaban entrar en el cuartel de este mismo. Una
versión cuenta que ella decidió protegerlo aun arriesgando su vida siendo ella una
espía en ese momento, ocultándolo en un sótano secreto. Mientras que otra versión
cuenta que lo escondió debajo de sus amplias faldas de tehuana que portaba mientras
que los soldados registraban cada parte de la habitación.
Fue con el paso de los años, cuando Díaz llega a convertirse en presidente, y decide
la creación del Ferrocarril Transístmico, el cual no se desviaba de su ruta tan solo
porque así fuera, sino porque se dice que las vías habían sido colocadas exactamente
frente a la ventana de la habitación de Juana Catalina, para que cada vez que el tren
pasara el maquinista sonara el silbato de una manera especial para saludar a la que
se le nombró como la “Reina del Istmo”. Incluso se cuenta que, cuando el mismísimo
Porfirio viajaba, hacía detener el tren para bajar a besar su mano o cenar con ella.
Por otra parte, existe otra historia donde se dice que el traje de gala de la tehuana,
ese aterciopelado con flores bordadas y encajes muy finos fue diseñado por ella
misma para impresionar a Porfirio Díaz en cada una de sus visitas. Pues según esta
versión, ella buscaba combinar la elegancia europea que a él lo distinguía, con el
orgullo de sus raíces que a ella la representaba.
Esta historia de amor termina cuando Porfirio Díaz es exiliado a París, pues se cuenta
que Juana Catalina fue de las pocas personas que mantuvo comunicación con él.
Cuando ella murió en 1915 en la tierra que la vio crecer, muchos dijeron que “murió
de tristeza”, convencidos de que su general, quien murió el mismo año que ella, nunca
regresaría y que el mundo que ambos habían construido se había desmoronado.
Sin embargo, cuando esta historia se aleja y se acerca a los archivos históricos, el
romance comienza a quedar de lado ya que si bien, no está confirmado un vínculo
amoroso, hay algo que sí lo está completamente, lo cual es su cercanía política, la
influencia económica de ella en el Istmo y la relación estratégica que mantuvieron
durante el ascenso y consolidación del Porfiriato. La pregunta entonces no es si se
amaron, sino ¿por qué la memoria colectiva prefirió convertir su alianza en una historia
romántica?.
Por lo mismo es importante preguntarnos ¿Quién fue realmente Juana Catalina
Romero? Responder a esa pregunta sin duda implica el poder mirar más allá del mito
y con ello comprender cómo se ha construido su memoria histórica. Y es que, durante
décadas, su figura fue envuelta en relatos populares que privilegiaron el romance y el
dramatismo por sobre los documentos y los archivos. Sin embargo, investigaciones
como los difundidos por la Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca y diversos
trabajos historiográficos han buscado recuperar a Juana Catalina desde una
perspectiva más diferente y como una pieza clave en la articulación económica del
Istmo durante finales del siglo XIX y principios del siglo XX
Juana Catalina se va desarrollando en un contexto que se ve marcado por conflictos
armados, inestabilidad política y una reorganización económica nacional. A pesar de
esto, y de vivir en una época donde las mujeres vivían bajo muchas limitaciones, ella
logró posicionarse como una figura clave dentro de la actividad productiva del Istmo.
Entre uno de sus principales campos de acción se encontraba la industria del tabaco,
ya que pudo establecer fábricas de puros y cigarros que no solo generaron
importantes ingresos, sino a su vez, empleo para la población que residía en el lugar.
Fue así como con el tiempo, pudo diversificar sus inversiones ahora hacia la
producción azucarera y muchas otras actividades comerciales, fortaleciendo con ello
aún más la economía regional mediante redes de intercambio que lograban
trascender al ámbito local.
Sin duda la gran magnitud de su actividad empresarial demuestra que fue una
protagonista en cuanto a la producción de diversas actividades del Istmo. Ya que sus
productos llegaron a obtener reconocimientos en exposiciones internacionales a
inicios del siglo XX, evidenciando con ello la calidad y competitividad que llegaron a
tener sus industrias. Por lo que supo aprovechar todas las oportunidades comerciales
y consolidar una estructura que integraba trabajo, capital y proyección hacia otros
lugares, no solamente quedando en lo local.
Sin embargo, no solo se le reconoce por esto ya que su influencia no se limitó
solamente al ámbito económico. Una parte fundamental de su legado se encuentra
en el impulso que dio a otros aspectos importantes como la educación y el bienestar
social en Tehuantepec. Gracias a todo lo demás pudo financiar la construcción y
sostenimiento de escuelas, incluyendo espacios destinados a la educación de niñas,
en una época en la que el acceso femenino a estos espacios era muy limitado.
Tomando este aspecto como algo que resulta ser significativo, y refleja una visión que
comprendía el desarrollo de la región no solo con lo económico sino como un proceso
que debía incluir sin duda la formación de las personas y las oportunidades educativas
para todos y todas.
Asimismo, destinó recursos propios para atender problemáticas sociales y sanitarias.
Durante epidemias como la fue la viruela que azotó a la región del Istmo de
Tehuantepec en el año de 1904, apoyó con insumos médicos y asistencia
especialmente a la población más vulnerable. Dichas acciones la consolidaron como
benefactora y como una figura comprometida con su comunidad, apareciendo en
documentos de lo que hoy se llama la medalla “Juana Catalina Romero Egaña”, que
tiene como fin dar a conocer la contribución de mujeres destacadas en Oaxaca.
Juana Catalina también fue una gran partícipe en el mejoramiento urbano de
Tehuantepec. Ya que tuvo una contribución importante en la restauración de edificios
religiosos, en la ampliación de espacios públicos y en el embellecimiento de áreas
centrales de la ciudad. Lo cual se vio como un progreso para toda la comunidad, pues
el invertir en infraestructura era también invertir en identidad y en la proyección del
Istmo como una zona estratégica dentro del país.
En años recientes, su figura ha sido objeto de procesos de reivindicación histórica.
Conversatorios académicos, investigaciones biográficas y reconocimientos
institucionales han buscado recuperar toda su amplia trayectoria desde una
perspectiva documentada, destacando su papel como empresaria, promotora de la
educación y referente femenino en la historia oaxaqueña. Incluso se han propuesto
distinciones y espacios de honor que llevan su nombre, subrayando su relevancia
como modelo de liderazgo femenino.
Con lo mencionado anteriormente es importante entender que Juana Catalina
Romero representó sin duda una figura femenina muy importante dentro del México
del siglo XIX algo que poco se habla dentro fuera de la región. Y es que en una
sociedad donde las mujeres estaban legal y socialmente subordinadas al ámbito
doméstico, ella logró administrar capital, negociar políticamente y participar en
decisiones que influían directamente en el desarrollo de la región de una manera que
resultaba estratégica en un contexto que sin duda se encontraba dominado
mayormente por hombres.
Su capacidad para poder tejer redes de poder fue clave ya que con ello logró
consolidar al Istmo de Tehuantepec como un espacio económicamente activo dentro
del Porfiriato. Además de que, a diferencia de otros empresarios que se vieron
envueltos en esta época y que concentraban riqueza sin redistribuirla, ella destinó
una parte considerable de sus recursos a obras que impactaban directamente en la
comunidad con la finalidad salir adelante como región.
Realmente resulta importante el poder analizar cómo su identidad como mujer
istmeña influyó de manera significativa en su proyección pública. El traje de tehuana,
más allá de ser parte un tan solo una historia romántica, funcionó como símbolo de
identidad y orgullo cultural. Contribuyendo a posicionar a la mujer tehuana como una
figura fuerte, autónoma y económicamente activa, con el fin de ir dejando atrás los
ideales que se tenían de la mujer en esa época.
Sin duda, todo esto permite entender que la construcción de su memoria histórica ha
sido compleja. Pues si bien, durante décadas se ha reducido su figura al aspecto
romántico, gracias a los documentos, reconocimientos y estudios es posible conocer
que realmente fue una mujer que desafió las estructuras de su época al ser una
participe importante dentro de la transformación económica y social de su región.
De esta manera, la pregunta que se hace anteriormente acerca de ¿quién fue
realmente Juana Catalina Romero? Nos da una respuesta más amplia que no se
centra en una historia de amor romántico como si de una novela estuviéramos
hablando. Sino que va más allá, demostrando que fue una empresaria, inversionista,
benefactora, promotora de la educación, impulsora del desarrollo urbano y figura
estratégica dentro del proyecto modernizador de finales del siglo XIX. Demostrando
con ello que su memoria no necesita del mito romántico para sostenerse ya que su
legado histórico es suficientemente sólido y habla por sí mismo.
Yo fui su amiga intima
